Desde la madre revolución del 68
El clarín del 10 de octubre de 1868 convocó a miles de cubanos de diversos orígenes sociales. Muchos profesionales, escritores y poetas se incorporaron de inmediato. Desde los inicios y hasta el final de la insurrección compusieron ensayos, testimonios, cuentos, poemas, himnos y leyes a favor de una educación popular. Renombrados poetas fueron Luis Betancourt, Antonio Lorda, Carlos Manuel de Céspedes, Eduardo Machado, Miguel Gerónimo Gutiérrez y Juan Clemente Zenea. Sus versos, escritos con profundo patriotismo, desbordaron las ansias de libertad de los combatientes. Años más tarde, en 1893, Serafín Sánchez compiló una parte importante de aquellos poemas en el poemario Los poetas de la Guerra que, a su vez, contó con el prólogo de un genio literario: José Martí. Otros escritores como Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Fernando Figueredo, Rafael Morales, Enrique Collazo, Ramón Roa, Manuel Sanguily, Enrique Piñeyro, Manuel de la Cruz y el propio Martí, llenaron decenas de páginas narrando sus experiencias, sucesos, anécdotas y plasmando interpretaciones que dieron luz a la llamada literatura de campaña. Esta piedra angular de la cultura del 68 estructuró el legado escrito del ideario sociopolítico de la contienda.
La composición musical se privilegió con los aportes de Eduardo Agramonte, Perucho Figueredo y Antonio Hurtado del Valle. El segundo nos entregó la letra y música del Himno de Bayamo (1867-68), hoy nuestro Himno nacional; y Hurtado del Valle la letra del Himno de Las Villas (1874). Sus músicas y textos hicieron del combate el espíritu y sentimiento de un pueblo. Varios periódicos dieron cuenta de una prensa seriada en nombre tales como El Cubano Libre, La Estrella solitaria, La Revolución y La República, entre otros.
El gobierno revolucionario —Cámara de Representantes— también hizo de la cultura una bandera. La Ley de Instrucción Pública del 31 de agosto de 1869 concibió la educación masiva de todos los ciudadanos de la República en Armas a través de un sistema de educación primaria. Los dirigentes civiles estimaron que la lectura y la escritura resultaban necesarias para edificar la cultura revolucionaria, superadora de la sociedad esclavista. Sin lugar a duda, el Decreto de abolición de la esclavitud (27 de diciembre de 1870) fue el escalón mayor de la cultura del 68.
Todas estas creaciones ahondaron la ideología de la revolución. La cultura del 68, generada dentro y fuera de los campos insurrectos, legitimó un futuro independiente por conquistar.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Cultura mambisa y revolución (I)
viernes, 12 de diciembre de 2008
La CIA planificó acciones subversivas contra Cuba
El cercano aniversario 50 del triunfo de la Revolución, es un momento propicio para profundizar en algunas importantes aristas relacionadas con los planes y las acciones subversivas del gobierno de Estados Unidos hacia Cuba, en los últimos momentos de la sangrienta tiranía de Fulgencio Batista y en los primeros meses posteriores al triunfo del 1ro de enero de 1959.
El papel desempeñado por la Agencia Central de Inteligencia para evitar el triunfo del Ejército Rebelde, tuvo como fundamento estratégico la estimulación de una "tercera fuerza" capaz de deshacerse de Batista —quien ya no garantizaba la protección de los intereses norteamericanos en la Isla— pero que al mismo tiempo cerrara el paso al Movimiento Revolucionario 26 de Julio, dirigido por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
En las memorias de David Atlee Phillips, uno de los oficiales de la CIA que con mayor saña han participado en la actividad subversiva contra Cuba, se explica que la identificación, estimulación y respaldo de esta "tercera fuerza", había sido una propuesta de James Noel, jefe de la estación CIA en La Habana, quien trabajó activamente en su implementación. Esta maniobra se correspondía con lo que se identifica en la CIA como "operaciones de acción política", es decir, el respaldo clandestino a individuos u organizaciones que en terceros países puedan responder mejor a los intereses políticos y económicos de Estados Unidos. Ya la diplomacia norteamericana lo había hecho en Cuba, en ocasión de la Revolución del 30, cuando dio su apoyo a Batista para hacer caer al denominado gobierno de los "Cien Días", en el que descollaba la postura antiimperialista de Antonio Guiteras.
En diciembre de 1958 la CIA llevó a vías de hecho varios planes, entre ellos la visita a La Habana de William D. Pawley, ex embajador norteamericano en Perú y Brasil, quien trató, infructuosamente, de convencer al tirano para que abandonase el poder. La Agencia elaboró diferentes versiones de una junta cívico-militar apoyándose en políticos reformistas, militares con mando de tropas, magistrados del Tribunal Supremo y, recurrentemente, la utilización del ex coronel Ramón Barquín, quien guardaba prisión por su responsabilidad en la conspiración militar antibatistiana de 1956.
La CIA también creó una versión de "tercera fuerza" armada en las montañas, actuación encomendada a la autodenominada dirección del II Frente Nacional del Escambray desde su creación en noviembre de 1957, y agudizada a partir de febrero y junio de 1958, con la incorporación de los agentes de la inteligencia norteamericana William Morgan y John Meples Spíritto, respectivamente. Proyectaban utilizar a esta organización como un valladar frente al empuje militar del Ejército Rebelde.
Documentos desclasificados posteriormente por la CIA, revelan que en diciembre de 1958 la División Paramilitar de la Agencia proyectaba un lanzamiento de armas por vía aérea, dirigido a su "tercera fuerza" en las montañas, con el objetivo de que estuviese mejor pertrechada para oponerse al éxito creciente del Ejército Rebelde en su marcha arrolladora hacia occidente. No pudieron desencadenar esta operación porque la planificaron para los primeros días de enero de 1959, cuando ya la dictadura se había desplomado como resultado de los embates de las fuerzas rebeldes.
Es importante destacar la disposición del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, de actuar de inmediato en aras de evitar el triunfo revolucionario en Cuba, acción en la que también se empeñó la Organización de Estados Americanos. En ambos casos en respuesta a una solicitud del Departamento de Estado norteamericano, del 8 de diciembre de 1958. Refiriéndose al apuntalamiento de la dictadura batistiana, el 15 de diciembre, en entrevista con Joseph S. Farland, embajador norteamericano en Santo Domingo, Trujillo respondió que "si por alguna causa Estados Unidos deseaba ofrecer aquella ayuda de forma indirecta, el gobierno dominicano gustosamente actuaría en esa dirección".
En cumplimiento de esta propuesta, el 20 de diciembre Trujillo le ofreció a Batista enviar tres mil soldados dominicanos hacia Las Villas y dos mil con destino a Oriente. El Departamento de Estado también maniobraba para crear una comisión mediadora de la OEA integrada, entre otros, por los ex presidentes Arnulfo Arias (Panamá) y Galo Plaza (Ecuador). Todo ello evidencia que no eran solo palabras la expresión del director de la CIA Allen Dulles en reunión del Consejo de Seguridad Nacional del 23 de diciembre de 1958, cuando expresó: "Debemos evitar la victoria de Castro".
A diferencia de 1898, en esta oportunidad los mambises sí entraron en Santiago de Cuba.
La CIA planificó acciones subversivas contra Cuba
miércoles, 10 de diciembre de 2008
El Tratado de Paris
El 10 de diciembre de 1898 los comisionados españoles y estadounidenses firmaron el denominado Tratado de Paz entre Estados Unidos y España con el que se ponía fin, de manera oficial, al estado de guerra entre ambos países, que había tenido su inicio cuando el gobierno norteamericano intervino militarmente en la contienda que los cubanos sostenían contra el régimen colonial español.
Con el acto de la firma concluía un proceso de negociaciones diplomáticas comenzado mucho antes. Más que un convenio el mencionado Tratado era un dikta del vencedor. En efecto, las hostilidades entre ambos adversarios no se habían suspendido por un simple "alto el fuego" sino cuando el gobierno de Madrid aceptó un conjunto de exigencias norteamericanas que, firmadas el 12 de agosto de 1898, condicionaron las negociaciones del Tratado de Paz definitivo en las cuales, por acuerdo entre españoles y estadounidenses quedó excluida cualquier representación de los patriotas cubanos y filipinos.
El gobierno de Washington no quería ninguna interferencia en sus planes imperialistas y el de Madrid se plegaba a sus designios. Desde la primera reunión de la Conferencia de Paz, la delegación estadounidense dio a conocer su posición inflexible respecto a la ocupación de Cuba y la cesión de Puerto Rico. La representación española dirigió entonces sus esfuerzos a traspasar a Estados Unidos, junto a la soberanía sobre Cuba, la denominada "deuda cubana" (obligaciones financieras que el gobierno español había suscrito con particulares para financiar la administración colonial de Cuba, lo que incluía los gastos de guerra) que ascendía a la suma de 456 millones de dólares. Esa propuesta fue rechazada rotundamente por la parte norteamericana.
El siguiente problema planteado fue el destino de las Filipinas. El protocolo del armisticio firmado el 12 de agosto había aplazado la decisión sobre el futuro del archipiélago hasta la firma del Tratado de Paz. El 31 de octubre la delegación estadounidense dio a conocer que reclamaba la totalidad del conjunto insular. La alternativa era la reanudación de las hostilidades. Los veinte millones de dólares ofrecidos como compensación permitieron "salvar la cara" de los representantes de Madrid. Las peticiones españolas relativas a opción de nacionalidad, reconocimiento de contratos y obligaciones y designación de una comisión internacional que investigara el hundimiento del acorazado Maine fueron rechazadas de plano.
De esa manera, el primer artículo del documento expresó la renuncia de España a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba, que pasaría a ser ocupada por los Estados Unidos; de acuerdo al artículo segundo cedió la isla de Puerto Rico y las demás bajo su jurisdicción en las Antillas, y la de Guam en el Océano Pacífico; y por el tercero España traspasó a Estados Unidos a las Islas Filipinas, a cambio de los 20 millones de dólares ya mencionados.
Así fue como quedó marcado el porvenir de nuestros países y pueblos que tendrían que seguir luchando por su independencia y soberanía. Puerto Rico, ciento diez años después, sigue siendo una colonia estadounidense; Filipinas no vería reconocida su independencia sino en 1946.
En cuanto a Cuba, el Tratado de París echaba por tierra el sacrificio de su pueblo, durante 30 años de cruenta guerra que llevó aparejada la inmolación de varias decenas de miles de patriotas y la destrucción de gran parte de sus riquezas materiales. Un conjunto de factores condujo poco después a Estados Unidos al establecimiento en Cuba del modelo de dominación neocolonial y los vicios consecuentes a la administración foránea. La "república" salida de la ocupación norteamericana sancionada por el Tratado de París fue convertida en un protectorado.
Muchos años de lucha y sacrificio costaría a nuestro pueblo librarse para siempre de aquella ignominia.
El Tratado de Paris



