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sábado, 28 de noviembre de 2009

El fusilamiento de los 8 estudiantes de medicina



Más de una centuria después de aquel día sangriento, en la memoria de los cubanos pervive el recuerdo de ocho jóvenes estudiantes de primer año de Medicina, fusilados por la mano vil del colonialismo español. La masacre estremeció a la sociedad habanera de entonces.
Toda Cuba después, una vez esparcida la noticia, conocería el estupor, el dolor impotente,  aquel 27 de noviembre de 1871. En esa fecha, la descarga de fuego sesgaba la vida de unos mozalbetes con edades oscilantes entre los 16 y los 21 años, inocentes de los cargos que se les imputaron, entre ellos, la profanación de la tumba de Gonzalo de Castañón.
El "crimen entre los crímenes" fue ejecutado ante la indignación de los criollos y quedó marcado como una página de odio y encono esgrimida por los españoles, cegados por la rabia y el agotamiento ante la insurgencia emancipadora iniciada en la Isla el 10 de octubre de 1868.
Cuatro días antes del suceso, un grupo de alumnos se encaminaba hacia la clase de Anatomía, contigua al Cementerio General de Espada. Al pasar por el solar yermo, comenzaron a apedrearse entre sí, por lo que fueron amonestados por el capellán del camposanto. Luego, ante la ausencia del profesor, los muchachos se pusieron a jugar en la plazoleta situada frente a la entrada del cementerio con el carro destinado a transportar los cadáveres a la sala de disección.
Dos días después, el gobernador político Dionisio López Roberts, fue hasta la necrópolis para averiguar sobre los actos de aquellos alumnos. Según datos del investigador Yoel Cordoví Núñez, el celador, Vicente Coba, culpó a los estudiantes ante el gobernador de haber rayado el cristal que cubría el nicho de Gonzalo de Castañón.
Tras fracasar en su intento de detener a los supuestos autores, se presentó en la sesión de la tarde a la clase de Anatomía y detuvo a todo el primer año de Medicina, excepto tres ausentes. Un total de 45 alumnos serían enjuiciados bajo los gritos de "¡Viva España! y ¡Mueran los traidores!", proferidos por los miembros del Cuerpo de Voluntarios.
Los jóvenes presos fueron juzgados por un Consejo de Guerra compuesto por capitanes del ejército y liderado por Federico Capdevila. Inconformes con el fallo del tribunal, los voluntarios exigieron al Capitán General interino, nombrase una nueva corte. La máxima autoridad cedió, pues con el personal escogido garantizaba la pena de muerte.
Según el fallo del Consejo, se debía escoger ocho de entre ellos para ser fusilados. No tardaron en designar a los primeros cinco: cuatro habían jugado con el carro que conducía los cadáveres a la clase de Anatomía; uno había tomado una rosa del jardín del cementerio. La selección de los tres restantes fue realizada al azar.
Sus nombres: Alfonso Álvarez de la Campa (el más joven, de 16 años, quien había cortado la rosa), Anacleto Bermúdez y González de la Piñera (20 años), Ángel Laborde y Perera (17 años), Juan Pascual Rodríguez y Pérez (21 años), y José de Marcos y Medina (20 años). Todos estos se habían entretenido con el vehículo. Eladio González y Toledo (20 años), Carlos Augusto de la Torre y Marigal (20 años), y Carlos Verdugo y Martínez (17 años) componen el trío sobre cuyas vidas echaron suertes los verdugos, cual si se tratara de un pasatiempo. El último de ellos ni siquiera se encontraba en La Habana en el momento de la supuesta profanación, sino junto a su familia en Matanzas.
Cual si no bastara con la barbarie, sedientas aún de crueldad, las autoridades no permitieron a los familiares reclamar a sus muertos. Los cadáveres fueron arrojados a una fosa común: cuatro en un sentido; cuatro en el otro.
Cuba lloró a esos hijos, mientras desde las entrañas de su suelo la sangre ingenua reclamaba justicia. Fermín Valdés Domínguez, compañero de los estudiantes en la Universidad y en la prisión, luchó con denuedo para probar la inculpabilidad de estos mozos, a quienes llamó hermanos. Él los sacó de la fosa común en donde fueron sepultados y en la necrópolis de Colón, en el monumento erigido en su memoria, escribió de su puño y letra: ¡Inocentes!
Años después de aquella sentencia inicua, el propio hijo de Gonzalo de Castañón dio testimonio de que en la tumba de su padre no había evidencia de maltratos ni en el cristal ni en la lápida que cubría la sepultura.
Los acontecimientos de aquel 27 de noviembre de 1871 se trataron, pues, de unas "páginas zurcidas con saña y cobardía", tal como escribiera Valdés Domínguez en su artículo sobre el suceso. Constituyó un acto de soberbia del integrismo español ante la pujanza de la revolución iniciada por Céspedes.


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miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Tratado de Paris

El 10 de diciembre de 1898 los comisionados españoles y estadounidenses firmaron el denominado Tratado de Paz entre Estados Unidos y España con el que se ponía fin, de manera oficial, al estado de guerra entre ambos países, que había tenido su inicio cuando el gobierno norteamericano intervino militarmente en la contienda que los cubanos sostenían contra el régimen colonial español.

Con el acto de la firma concluía un proceso de negociaciones diplomáticas comenzado mucho antes. Más que un convenio el mencionado Tratado era un dikta del vencedor. En efecto, las hostilidades entre ambos adversarios no se habían suspendido por un simple "alto el fuego" sino cuando el gobierno de Madrid aceptó un conjunto de exigencias norteamericanas que, firmadas el 12 de agosto de 1898, condicionaron las negociaciones del Tratado de Paz definitivo en las cuales, por acuerdo entre españoles y estadounidenses quedó excluida cualquier representación de los patriotas cubanos y filipinos.

El gobierno de Washington no quería ninguna interferencia en sus planes imperialistas y el de Madrid se plegaba a sus designios. Desde la primera reunión de la Conferencia de Paz, la delegación estadounidense dio a conocer su posición inflexible respecto a la ocupación de Cuba y la cesión de Puerto Rico. La representación española dirigió entonces sus esfuerzos a traspasar a Estados Unidos, junto a la soberanía sobre Cuba, la denominada "deuda cubana" (obligaciones financieras que el gobierno español había suscrito con particulares para financiar la administración colonial de Cuba, lo que incluía los gastos de guerra) que ascendía a la suma de 456 millones de dólares. Esa propuesta fue rechazada rotundamente por la parte norteamericana.

El siguiente problema planteado fue el destino de las Filipinas. El protocolo del armisticio firmado el 12 de agosto había aplazado la decisión sobre el futuro del archipiélago hasta la firma del Tratado de Paz. El 31 de octubre la delegación estadounidense dio a conocer que reclamaba la totalidad del conjunto insular. La alternativa era la reanudación de las hostilidades. Los veinte millones de dólares ofrecidos como compensación permitieron "salvar la cara" de los representantes de Madrid. Las peticiones españolas relativas a opción de nacionalidad, reconocimiento de contratos y obligaciones y designación de una comisión internacional que investigara el hundimiento del acorazado Maine fueron rechazadas de plano.

De esa manera, el primer artículo del documento expresó la renuncia de España a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba, que pasaría a ser ocupada por los Estados Unidos; de acuerdo al artículo segundo cedió la isla de Puerto Rico y las demás bajo su jurisdicción en las Antillas, y la de Guam en el Océano Pacífico; y por el tercero España traspasó a Estados Unidos a las Islas Filipinas, a cambio de los 20 millones de dólares ya mencionados.

Así fue como quedó marcado el porvenir de nuestros países y pueblos que tendrían que seguir luchando por su independencia y soberanía. Puerto Rico, ciento diez años después, sigue siendo una colonia estadounidense; Filipinas no vería reconocida su independencia sino en 1946.

En cuanto a Cuba, el Tratado de París echaba por tierra el sacrificio de su pueblo, durante 30 años de cruenta guerra que llevó aparejada la inmolación de varias decenas de miles de patriotas y la destrucción de gran parte de sus riquezas materiales. Un conjunto de factores condujo poco después a Estados Unidos al establecimiento en Cuba del modelo de dominación neocolonial y los vicios consecuentes a la administración foránea. La "república" salida de la ocupación norteamericana sancionada por el Tratado de París fue convertida en un protectorado.

Muchos años de lucha y sacrificio costaría a nuestro pueblo librarse para siempre de aquella ignominia.





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