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miércoles, 28 de enero de 2009

Lirios y raíces

Hay desconocimiento, por ejemplo, de que José Julián Martí Pérez, el primogénito del matrimonio entre Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez Cabrera y Mariano de los Santos Martí Navarro, tuvo siete hermanas, todas con sus mismos apellidos.

De ellas se nombra con más frecuencia a Amelia, quizá por la hermosa y conocida carta que le escribiera desde Nueva York en los primeros tiempos de su estancia en aquella ciudad.

Tres de estas consanguíneas murieron antes que Martí: Mariana Matilde (Ana) en 1875, sin haber cumplido los 19; María del Pilar Eduarda (Pilar) en 1865, dos días previos a su sexto cumpleaños; y Dolores Eustaquia (Lolita) en 1870, cuando no llegaba a los cinco años.

Fueron pérdidas tremendas, que sacudieron el alma del poeta. Al fallecer Ana, él compuso unos conmocionados versos, aparecidos en la Revista Universal de México: Mis padres duermen / Mi hermana ha muerto /Es hora de pensar. Pensar espanta, / Cuando se tiene el alma en la garganta...

Y cerraba aquella composición sentida: ¡Decidme cómo ha muerto; / Decid cómo logró morir sin verme; / Y —puesto que es verdad que lejos duerme— / Decidme cómo estoy aquí despierto!

Mucho tiempo después, al redactar sus Versos Sencillos, le volverá a rendir tributo: Si quieren, por gran favor / Que lleve más, llevaré / La copia que hizo el pintor / De la hermana que adoré. Era la referencia a una obra del artista plástico mexicano Manuel Ocaranza, novio de Ana.

Con el resto de las muchachas de su estrecha y humilde casa José Julián mantuvo correspondencia, aunque no tan fluida como querían ellas. No obstante, en la definición de él eran «como lirios, para mi alma... que tienen las raíces donde la tiene mi vida».

Una de ellas, Antonia Bruna, le decía a Martí en una misiva fechada en diciembre de 1881: «Espero me contestes aunque sea dos letras para saber si es verdad que me quieres como dices; otra que te escriba será más larga; recibe un fuerte abrazo de tu hermana que bien te quiere».

Y él le exponía a Amelia en 1883: «Tú me pides muchas cartas, tú —feliz— escríbeme sin cesar, y oblígame a ellas. —Y no me mires como a hermano alejado, sino como a parte de tu mismo cuerpo».

Un hecho llamativo y curioso marcaría el destino de las hermanas del Héroe Nacional: tres fallecieron el mismo año; es decir, en el fatídico 1900. Antonia Bruna sucumbió el 9 de febrero, María del Carmen el 14 de junio y Leonor Petrona el 9 de julio.

Por casualidad fue Amelia la única que sobrevivió en el siglo XX. Expiró en 1944, a dos meses de cumplir los 83 años.



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Madre grandiosa, padre de virtud

Algunos historiadores se han referido a las lógicas discrepancias de ideas entre José Julián y su padre, nacido en Valencia, España, el 31 de octubre de 1815 y llegado a Cuba para trabajar en pos de la corona. También hablan de ciertos tratos ásperos de Mariano a su hijo.

Sin embargo, la verdad es que el amor filial entre dos personas de su sangre jamás desapareció. Prueba de esto es que Mariano, al visitar al joven Martí (casi niño) en la cárcel, se arrodilló a sus pies y lloró asido a su pierna herida por los grilletes.

En carta dirigida a Amelia el Apóstol resume el afecto hacia el progenitor querido: «Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto tiernísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y caprichos, es un hombre de una virtud extraordinaria.

«Ahora que vivo, ahora sé todo el valor de su energía y todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños.. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar».

Y cuando Mariano dejó de respirar, en 1887, el hijo se lamentó de modo superlativo por el fallecimiento «antes de que yo pudiera pregonar la hermosura silenciosa de su carácter, y darle pruebas públicas y grandes de mi veneración y mi cariño».

Respecto a sus relaciones con Doña Leonor es fácil adivinar cuánto debe haber sufrido por hacerla padecer tan temprano. Esta mujer, nacida en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias) el 17 de diciembre de 1828, le reprochó con reiteración a su «niño» la lejanía y el supuesto silencio. En unas 20 cartas de ella a Pepe —como lo llamaba— hay numerosos regaños, aunque algunos son tiernos.

«Hace días que quiero decirte algo de lo mucho que en mi alma rebosa y me ahoga; pero con la esperanza cada día de recibir carta tuya, lo dejo para el siguiente. Vana esperanza, vapores llegan a esta todos los días, y para mí no traen nada (...) Dios te perdone hijo todo el mal que me haces, y por ti le pido a todas horas», le confiesa en 1880.

Y en otra epístola, de 1882, señalará: «Dentro de tres días cumplirás 29, me resigno, pero no me conformo a que a esa edad con tantos elementos de vida sufras tantas angustias, y que mis muchas reflexiones nada hayan podido en tu destino, pero valor, y adelante, que con salud y buena voluntad mucho se vence».

Pese a esas recriminaciones dolorosas, Martí sigue viendo en Doña Leonor a su estrella preciosa. En 1878 le contaría a su amigo Manuel Mercado: «Mi madre tiene grandezas y se las estimo, y la amo —Ud. lo sabe— hondamente, pero no me perdona mi salvaje independencia, mi brusca inflexibilidad, ni mis opiniones sobre Cuba. Lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por lo más malo. Me aflige, pero no tuerce mi camino».

Diez años después el Hombre de La Edad de Oro no escondería su felicidad porque su madre pasó con él dos meses en Estados Unidos, algo que le hizo brotar «la salud repentina que todos me notan» y «sentir menos frío en las manos», como narró a Mercado.

Fue ella, por supuesto, la que más se agobió por el holocausto de Dos Ríos. Luego quedó al cuidado de Amelia y murió en total pobreza el 19 de junio de 1907. Ya anciana se vio obligada a trabajar para ayudar a la deteriorada economía de su vivienda. Pocos la auxiliaron en aquella llamada República.



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